Semblanza de Lafcadio Hearn, o el padre europeo del kaidan

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Hoichi, el hombre sin orejas, fue uno de los cuentos más populares que Hearn dio a conocer en Occidente.
Cubierta de una edición inglesa de «Kwaidan».

Si bien el género kaidan solía aplicarse exclusivamente a la narrativa oral, la literatura de terror con poca extensión también se fue denominando mediante ese término con el paso del tiempo. Después de todo, ahí están cuentos de fantasmas impresos en papel tan importantes como  Ugetsu Monogatari de Ueda Akinari, sin olvidarnos de Mimikuro, selección de las historias fantásticas más relevantes escuchadas durante la vida profesional del conocido funcionario Negishi Yasumori. Pero sobre todas ellas destaca la obra del personaje que damos a conocer hoy, Lafcadio Hearn, principal culpable de que en Occidente se publicasen recopilaciones tan destacadas como Japanese Fairy Tales, In Ghostly Japan, Kwaidan: Stories and Studies of the Strange Things. 

Sin ningún tipo de duda, Patrick Lafcadio Hearn sería el gaikokujin que mejor entendió la sensibilidad japonesa, aunque bien es cierto que hasta llegar a ese momento su vida estuvo colmada de altibajos. Nacido en 1850 fruto de la relación entre una campesina griega y un cirujano irlandés, a los seis años se mudaría de su Grecia natal a Irlanda, donde creció sin sus padres. Él, su progenitor, quizá en un caso más justificable, hubo de servir a la reina Victoria en la por entonces pujante colonia hindú, pero ella se desentendió del niño dejándolo al cuidado de una tía paterna.

A diferencia de la enorme mayoría de infancias amables, la del pequeño Patrick discurrió entre la sombra de la soledad y el peso adoctrinante de un férreo colegio católico de «señoritos». La ya de por sí apocada naturaleza del muchacho se acrecentó al quedar tuerto en una trifulca con algunos de sus compañeros. Desgraciadamente la lesión ocular, unida a su poco agraciado aspecto físico, terminaría de sentar las bases para un complejo que ya lo acompañaría durante toda la vida, además de imprimirle una personalidad melancólica y taciturna. Este detalle es muy observable en la gran mayoría de fotos conservadas de Hearn, en las que aparece mirando hacia abajo o con los ojos cerrados para así disimular la tara.

Retrato de Lafcadio Hearn

En tales circunstancias, los universos de la fantasía, la mitología, y la literatura en general empezaron a copar los intereses del niño, quizás a modo de evasión. Pero aún desarrollando ese entusiasmo por las letras tan esencial en su futuro las circunstancias no mejorarían; el grecoirlandés pronto fue señalado por el profesorado de la institución como «un alumno no ejemplar», sometido constantemente a la inquisitiva vigilancia de un Dios censor, gríseo, amenazante, y profundamente distinto de las ecológicas y reflexivas religiones que andando el tiempo abrazaría al otro lado del mundo. Por otro lado, los continuos castigos que padecía —consistentes en pasar noches enteras enclaustrado en alguna habitación mientras sostenía en cruz un par de libros— despertaron en el jovencito una especial aversión hacia la oscuridad. Tal vez durante estas largas horas de soledad entre la penumbra se abrió la grieta por donde se introdujeron en su imaginación aquellos fantasmas y criaturas que tanto le llegarían a apasionar más adelante.

Después de que su tía se casara con un viudo bien posicionado, Hearn viajaría hasta EE. UU. tras una breve estancia de dos años en Francia. Ya en 1869 llegaría a Nueva York, lugar donde se ganaría la vida trabajando como mozo de cocinas. Una vez consiguió reunir el dinero suficiente, se trasladó hasta Ohio para ingresar como redactor en el prestigioso periódico The Cincinatti Enquirer, allá por 1873. Por primera vez en la vida de nuestro protagonista todo parecía ir sobre ruedas, pero la relación amorosa que mantuvo con una mujer negra supuso tal escándalo que fue despedido. No obstante, su buen desempeño como escritor le valió para enrolarse en el Nueva Orleans, magazine homónimo de su ciudad, y en donde destacó por escribir numerosos artículos sobre el mestizaje cultural, el vudú, o la ya por entonces apreciable decadencia del Sur estadounidense. En 1881 seguiría proyectándose en el aún más importante The Times Democrat, para el que publicaría artículos en inglés, francés y castellano, demostrando su extraña habilidad para escribir con un gusto incólume y, sin embargo, al alcance de cualquier lector. Finalmente, en The Harper´s Magazine realizó varias traducciones al inglés del escritor Guy de Maupassant, al igual que Hearn, reconocidísimo autor de diversos cuentos de sesgo sobrenatural.

Mujer con vestimenta occidental. (Ukiyo-e, Ito Shinsui, circa 1900).

El ansia por conocer nuevas culturas le llevaría finalmente a Japón en 1890. El motivo inicial de su viaje fue el de escribir algunos artículos sobre un país que hasta hacía bien poco era prácticamente desconocido en todo el mundo. De cualquier forma, no llegaría a acabar su trabajo debido a su amistad con Basil Hall Chamberlain, profesor de la flamante Universidad de Tokio, y quien le posibilitaría asentarse como docente en la misma capital. Luego llegaría su matrimonio con Setsuko Koizumi, hija de samurai con la que tuvo cuatro hijos. El hecho de convivir con una mujer profundamente tradicional sería clave para imbuir a Lafcadio en la cultura japonesa, pues no solo sintió la necesidad de convertirse al budismo y adoptar el nombre de Koizumi Yakumo, sino también la de recopilar algunas de aquellas historias sobrenaturales que su esposa y experiencia personal tanto les hizo admirar.

Su etapa final la pasó alejado de la cátedra universitaria y más concentrado en la familia que durante gran parte de su vida anheló tener. Tristemente «el país de los dioses», solaz donde más y mejor fluyó su excelsa literatura, era ya muy distinto a aquella isla inmóvil que tan bien sintonizó con las particularidades de Hearn. Parecía que a cada paso dado por la occidentalización nuestro escritor se hacía más débil, como si aquel mundo en el que nunca pudo arraigar se cerniese nuevamente para atormentarlo en sus últimos días. Y así fue; en Japón los organismos oficiales lo eran ya al estilo europeo, también el ejército, el derecho, la moda, o incluso la política de relaciones internacionales. Ese contexto puso en entredicho toda la red de creencias esotéricas que componen el alma del tradicional Yamato, pero ahí dejaría nuestro autor sus textos para evocarlas si alguna vez se requiriesen.


Fuentes:

  • Textos consultados de: Aguilar, D. (2013). Japón sobrenatural. Susurros de la otra orilla. Satori. Gijón; Allende, F.  (2009). Japón, un intento de interpretación (Prólogo). Satori. Gijón. | Texto creado por Antonio Míguez [CoolJapan.es]
  • Imágenes extraídas de: WikipediaAustin Film, ukiyo-e.org
Bio del autor

Antonio Míguez

Antonio Míguez Santa Cruz, profesor colaborador honorario de la Universidad de Córdoba y miembro del Grupo de investigación de Frontera Global de la Universidad de Alcalá. Sus líneas de investigación giran en torno al contacto entre ibéricos y japoneses durante los siglos XVI y XVII, así como sobre el Cine fantástico japonés. Ha sido autor de varios artículos de revistas científicas y episodios de libro, además de organizar congresos y seminarios de temática japonesa.