Criaturas fantásticas de Japón: el bakeneko

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Según la tradición popular, un gato doméstico puede llegar a adquirir propiedades sobrenaturales si ha vivido muchos años. En este caso le crecerá la cola, signo inequívoco de su nueva naturaleza, pues el típico gato japonés o bobtail carece de ella. Si el ahora bakeneko llega hasta el siglo de vida, su cola se le bifurcará en dos, adquiriendo un mayor poder y pasando a ser un nekomata. El poder de penetración de este mito es tal en la cultura nipona que derivaría en un género de terror específico llamado kaibyo. Prontamente empezamos a observarlo con Nabeshima Kaibyo Den («La leyenda del gato fantasma de Nabeshima», 1949) pero se asentaría a finales de los 50 tras el éxito de Borei Kaibyo Yashiki («La mansión del gato fantasma», 1958), dirigida, cómo no, por el maestro Nobuo Nakagawa.

Cartel de “La mansión del gato fantasma”.

La tendencia cinematográfica anterior viene a quebrar un tópico pseudo-impuesto por la estética kawaii, y es que, a pesar del legado simpático y amable de Hello Kitty o figuras de buena suerte como el conocido Maneki-Neko, el gato japonés tradicionalmente ha sido símbolo de mal agüero. Por ejemplo, existía la creencia de que los cadáveres debían ser protegidos de un posible contacto con los gatos, ya que supuestamente podían apoderarse del alma del difunto o bien corromperla. A partir de esta premisa nace la narración de Yabu no naka no Kuroneko (El gato negro, 1968), joya innegociable del cine japonés en la que una mujer y su nuera son violadas y asesinadas por un grupo de ashigaru. Poco después, un gato aparece en el escenario del horror y comienza a lamer los cadáveres, génesis del retorno de ambas mujeres al mundo de los vivos en forma de espíritus vengativos. En este sentido, el bakeneko sería un elemento psicopompo inverso, interesado en traer de vuelta las almas o en su defecto anclarlas a este mundo para que así consuman su resarcimiento.

Entre las capacidades del yōkai se encuentran la de cambiar de aspecto como el resto de bakemono, la de controlar a los muertos a merced con su dominio de artes nigrománticas y, de forma similar al kitsune, poseer cuerpos humanos. Ejerciendo las dos últimas aparece en Hiroku, Kaybio-den («El castillo encantado», 1969), película de Tokuzo Tanaka tan solo un año posterior al filme ya comentado de Shindo y evocadora por su atmósfera y presupuesto de las producciones de Corman y la Hammer.

Siguiendo la línea de otros J-Horror donde un poderoso se ceba con los más débiles, en El castillo encantado la situación se desborda cuando Nabeshima, un daimyo cruel y déspota, intenta acabar con la vida de dos hermanos pertenecientes a un débil clan bajo su cargo. Si bien el villano consigue acabar con el muchacho, su hermana, ya casi moribunda, logra establecer un pacto con una gata negra para que esta le otorgue el don de convertirla en monstruo y así vengarse de sus enemigos. A partir de ese momento, se comienza a escuchar por el castillo un sonido de cascabel que actúa como inquietante preludio de Sayo —la protagonista— convertida ahora en engendro gracias a la hechicería del bakeneko. Asimismo, y a pesar de que el híbrido sea presentado en el filme con estética obviamente japonesa —mujer de pelo enmarañado y con rasgos felinos (como el color de los ojos o los colmillos)— sus actitudes son occidentalmente vampíricas, clara influencia de un cine de Terence Fisher que ya se filtraba en Japón desde la década anterior. El mismo ruego de Sayo al sombrío animal incita a recordar innumerables peticiones similares de humanos a no muertos, como por ejemplo la del periodista Molloy a Louis en la novela de Anne Rice Entrevista con el vampiro.

Fotograma perteneciente al filme «El gato negro».

Siguiendo con el repaso, es insoslayable la obra de Bakin Takizawa Nansō Satomi Hakkenden, literatura ingente en todos sus sentidos y que muestra cómo el padre de uno de los protagonistas es poseído por un bakeneko. Todo empezó cuando Aikaku Akaiwa, uno de los samuráis más poderosos de la región, acude a las montañas para cazar un monstruo que según los campesinos masacraba a los animales por las noches. Poco tiempo después, Akaiwa vuelve victorioso de su encuentro con la criatura y los sucesos extraños remiten. Sin embargo, la forma de interactuar con su entorno cambia en el guerrero, volviéndose arisco, cruel y caprichoso. Como el lector se podrá empezar a figurar, el samurai cayó bajo el influjo del gato, obsesionado con devorar al nieto no nato de Aikaku que nacería en el año del ratón. Días después, el monstruo es desenmascarado al sorprenderlo lamiendo el aceite de una lámpara, tendencia común en varias especies de yōkai pero aquí más justificada al extraerse el combustible directamente del pescado. Acorralado, el bakeneko adopta la forma de un gato-espectro gigante y lucha contra el héroe Gempachi y Kakutaro Akaiwa, hijo del samurái-huésped. En las excelentes OVAs de anime El Hakkenden (1991), el desenlace de la historia varía levemente, ya que el gato es descubierto al reaccionar de forma brusca ante las cuentas sagradas de los protagonistas.

Fotograma perteneciente a «El Hakkenden» (Takeshi Anno, 1991)

Si observamos, los cambios en el comportamiento del samurái eran en sí mismos características gatunas. Desapego, mal carácter, bestialidad, todas ellas facetas cultivadas por un imaginario popular que, no solo en Japón, ha tildado al gato como animal nocturno, maléfico, familiar del demonio, o heraldo de muerte. Toriyama Sekien ya plasmó a un nekomata caminando sobre sus cuartos traseros en actitud presuntamente fantástica, aunque realmente esa y otras muchas facultades motrices complicadas son viables para nuestros felinos protagonistas. De este modo se fomenta aún más la idea de un animal a medio camino entre este y otro mundo, sea cual sea. Después de todo, en pocas ocasiones el individuo urbano rememora una inquietud tan primaria como observando fijamente los ojos de un gato, hecho cotidiano desde luego, pero también alusión inconsciente a otro tiempo, cuando quizá los hombres huían al ver esa mirada fija sobre ellos.

Como curiosidad, el escritor Stephen King rescató este mito para occidente produciendo y guionizando Sonámbulos (Sleepwalkers, 1992), filme menor donde una pareja de gatos monstruosos con capacidad de parecer humanos se alimentan de su vecindario. Mención aparte para la desasosegante BSO compuesta por Nicholas Pike y en concreto para el tema Boadicea, interpretado por la vocalista irlandesa Enya.

Si la entrada disfruta de una aceptación media, pronto os traeremos nuevas criaturas fantásticas del folclore japonés y sus aportaciones a la cultura audiovisual. ¡Hasta otra!


Fuentes:

  • Texto creado por Antonio Míguez [CoolJapan.es]
  • Bibliografía: AGUILAR, D. Japón sobrenatural. Susurros de la otra orilla. Satori. 2013. Gijón; TAKIZAWA BAKIN, Nansō Satomi Hakkenden (Yumie Hiraiwa). 1993. Chūōkōron-shinsha. Tokio; TORIYAMA, S. Guía ilustrada de Monstruos y Fantasmas de Japón. Quaterni. 2014. Madrid.
  • Imágenes extraídas de: Filmaffinity
Bio del autor

Antonio Míguez

Antonio Míguez Santa Cruz, profesor colaborador honorario de la Universidad de Córdoba y miembro del Grupo de investigación de Frontera Global de la Universidad de Alcalá. Sus líneas de investigación giran en torno al contacto entre ibéricos y japoneses durante los siglos XVI y XVII, así como sobre el Cine fantástico japonés. Ha sido autor de varios artículos de revistas científicas y episodios de libro, además de organizar congresos y seminarios de temática japonesa.