Del cuadrilátero a la pantalla: DDT, We Are Japanese Wrestlers

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Tokio. Noviembre. Lunes por la tarde. Lluvia y frío. Una invitación del FCCJ. Muy tentadora ha de ser la oferta para arrancarle a uno de la mesa camilla. Veamos: preestreno especial de DDT, We Are Japanese Wrestlers. Presagio de una orgia de mamporros. Promesa de una apología del guantazo. Venga, vámonos para Yurakuchō.

Vista la temática de la velada, no costaba imaginar cual sería el paño que se iba a vender. Era lycra. Lycra verde. Fluorescente. No nos sorprendió lo más mínimo ver aparecer en la sala el cuerpo desmedido de un luchador enmascarado embutido en ella.

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El enmascarado fluorescente

Hasta ese momento todo se desarrollaba según la liturgia habitual de un preestreno: críticos y prensa que se saludan con pereza; algún aficionado, menos habitual en estas lides, abusando de la cámara fotográfica; el organizador recordando que aún hay tiempo de consumir en la barra de la sala contigua; siéntense que esto va a comenzar; presentación del acto; y como siempre, antes de la proyección saldrá a saludar alguien de la producción.

En esta ocasión –ya lo hemos dicho– ese alguien era un luchador enmascarado que tampoco nos pillaba a contrapié. Lo que no sospechábamos era que, tras el saludo de rigor, el fornido ejemplar que ocupaba la escena no iba a limitarse a posar para las fotos marcando musculitos.

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Y es que no estábamos ante un luchador cualquiera, sino ante Super Sasadango Machine, quien estaba a punto de noquear a los asistentes descargando contra nosotros su técnica de ataque más letal… ¡la presentación de Power Poooooooooint!

Laptop attack

Se lo escuché en una ocasión a alguien que sabía bien de qué iba esto, un tal Fermín: «Lo de dar guantazos es un esquema muy sintético que conviene utilizar poco. Y utilizarlo bien, casi en plan poético, diría yo. ¡Guas, guas! Como algo prodigioso». Una gran verdad que Super Sasadango Machine ha sabido comprender y sublimar como pocos. Por eso, pese a ser diestro en el arte del piquete de ojos y ducho en las excelencias del súplex dorsal, utiliza con reserva sus golpes más físicos y prefiere aturdir a sus oponentes con ataques de verborrea elocuente y zarpazos de lógica incontestable.

En efecto: cadencia poética, capacidad de síntesis y hostias como panes, contornean el discurso del ídolo de Niigata. Magistralmente hiladas en un caudal de ingenio visual, las presentaciones del luchador cuyo nombre civil es Muscle Takei (!) no dejan a nadie indiferente.

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En esta ocasión vino a exponernos su particular forma de entender el mundo desde una ciudad de provincias. La singular cosmovisión de alguien que en los días laborables lucha para sacar adelante el modesto negocio familiar –una pequeña factoría de moldes de inyección para piezas de plástico–, pero que en los fines de semana lo hace sobre el ring y con el rostro enmascarado.

El punto de partida

En la remota provincia de Niigata, Dramatic Dream Team domina el cuadrilátero. DDT agrupa a los luchadores del lugar y proporciona adrenalina a los espectadores locales, ávidos de emociones con las que sobrellevar la rutina. Pero DDT empalidece en repercusión y volumen de negocio ante las divisiones que gestionan la lucha libre en Tokio. Los luchadores de New Japan Pro Wrestling, la mayor división de la lucha libre nipona –fundada en su momento por el mítico Antonio Inoki–, son profesionales dedicados a la lucha a tiempo completo. Cuentan con el reconocimiento popular, la preparación adecuada y una depurada técnica. ¿Podrían derrotar los luchadores de DDT a los de Tokio?

DDT se plantea producir esta película en el momento en que el campeón de New Japan Pro Wrestling reta a sus luchadores a medirse en singular combate. Super Sasadango Machine, el cerebro en la sombra de la organización, se encargará tanto de la tarea de documentar tan magno desafío como de desarrollar la estrategia para salir victorioso del envite.

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El desigual enfrentamiento parece abocado a una derrota inapelable de DDT. Sin embargo, dirigir una empresa pequeña en un entorno rural curte y enseña. La competencia continua ante compañías rivales de mayor envergadura y con mejor ubicación agudiza el ingenio:

  • Primera reflexión: cuando no se disponen de las destrezas para acometer una tarea, lo mejor es delegar en alguien que sí disponga de tales capacidades. La dirección del filme se dejará en manos de un realizador ya experimentado, para lo cual se elige a Matsue Tetsuaki, que cuenta con un apreciable bagaje en el mundo del documental.
  • Segunda reflexión: para enfrentarse contra el mejor luchador del grupo rival, la lógica dicta enviar a tu mejor luchador, pero tu mejor luchador, ante un rival astronómicamente superior, no tiene opción de victoria. Entonces, ¿por qué no hacer algo aún más lógico…?

La película

DDT, We Are Japanese Wrestlers formó parte de la programación del reciente Tokyo International Film Festival. Sin embargo, al no contar con proyección para la prensa, no habíamos podido verla durante el certamen. Por suerte, Karen Severns y Mori Koichi acudieron prestos al rescate y nos permitieron disfrutar una sesión tan interesante como las que habitualmente organizan en el FCCJ, aunque en esta ocasión algo más despendolada.

Pese a lo que se podría esperar, el metraje del filme no está saturado de enfrentamientos sobre el cuadrilátero. ¡Que no cunda el desánimo! Eso no quiere decir que la cinta carezca de un buen surtido de guantás a rodabrazo, lo que pasa es que el martillo pilón se emplea como técnica únicamente sobre el ring y no en la sala de edición. Sorprendió saber, de boca del director Matsue Tetsuaki, que la producción estaba planteada de inicio para ser filmada y proyectada en 3D. El objetivo era ofrecer al espectador la ocasión de ver los combates casi como si los protagonizara. Experimentar la lucha prácticamente piel con piel y bañado en el sudor de los contendientes.

El caso es que se llegó a iniciar el rodaje en este formato. De hecho, algunas de esas secuencias filmadas forman parte del montaje final, de ahí que se aprecie en algún momento un contraste entre diferentes texturas de imagen. Pero Matsue esgrimió tres argumentos en contra del planteamiento. Reservas que fueron sabiamente atendidas por el productor Takei para rectificar el rumbo del proyecto.

En primer lugar, la complejidad técnica dificultaba el trabajo y encarecía notablemente el proceso. En pocos días de rodaje se estaba exprimiendo el presupuesto disponible de forma peligrosa.

La segunda consideración era de carácter narrativo. Aunque el resultado parecía satisfactorio a nivel visual, la simple sucesión de escenas de combate podría resultar fatigosa de seguir. La idea de partida planteaba un difícil encaje en lo cinematográfico. Por un lado, no parecía una estrategia adecuada para ganarse el interés del público menos conocedor del espectáculo mostrado. Del otro lado, se corría el riesgo de aburrir incluso a la audiencia más fanática con una propuesta tan plana.

Más aún, Matsue apreciaba que los videos que Takei improvisaba con sus hombres entre bambalinas, mostrando su comportamiento fuera del ring y su cotidianidad oculta a los espectadores, tenían potencial para fundamentar una propuesta distintiva y mucho más enriquecedora. Más cercana y divertida. En mi opinión, acierto total. Supo detectar dónde estaba de verdad la película que buscaban y evitar un ejercicio estético tan grandilocuente como olvidable.

El resultado final acaba en el extremo opuesto del espectro cinematográfico. La ingenuidad de los musculados protagonistas, su humilde devenir personal, sus esfuerzos diarios por mantener viva la ilusión de subirse al cuadrilátero y cosechar algún aplauso. Esos son los elementos que triangulan la película. De la pantalla desproporcionada y la parafernalia de las gafas tridimensionales a un producto prácticamente doméstico.

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Al final, el principal golpe de la película es la simpatía que despierta por la troupe de estrafalarios personajes que la habitan. Y sin embargo, no decae tampoco el ansia por vibrar con los saltos desde las cuerdas, los torniquetes, los silletazos por la espalda o las patadas voladoras. Y es que el clímax final lo constituye, lógicamente, el enfrentamiento ante el campeón profesional Tanahashi «Ace» Hiroshi. Un combate que acaba en una épica victoria para…

¿Llegará la película a nuestras pantallas para que podáis descubrirlo?


Fuentes

  • Texto creado por José Montaño [ CoolJapan.es ]
  • Imágenes extraídas de LiveViewing.jp | Imágenes tomadas por José Montaño [CoolJapan.es]
Bio del autor

Jose Montaño

Licenciado en Geografía por la Universitat Autònoma de Barcelona y en Humanidades por la misma institución. Master en Cultura y literatura de Asia Oriental por la Universitat Oberta de Catalunya y en Cine y audiovisual contemporáneo por la Universitat Pompeu Fabra. Actualmente desarrolla su investigación sobre la reescritura crítica del cine japonés contemporáneo, en el marco del programa de doctorado en Humanidades de la UPF. Su proyecto investigador fue seleccionado por Japan Foundation para el Japanese Studies Fellowship Program, en virtud del cual realizó una estancia como investigador invitado en la Universidad de Waseda (Tokyo). Cuenta con diversas publicaciones académicas y mantiene el blog https://eigavision.wordpress.com/