Entrevista a Raúl Fortes

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Hablamos con Raúl Fortes Guerrero, un joven profesor de la Universidad de Valencia estudioso de la cultura oriental, que comenzó interesándose por China y ha acabado profundizando –¡y cómo!– en Japón.

En Valencia, con la entrada del otoño, siempre palpita la amenaza de la “gota fría”: lluvias torrenciales que se llevan por delante lo que encuentran. Pero hoy, 9 de octubre, la temperatura es calurosa en la ciudad, como si el verano aún no nos hubiera dejado. Ni siquiera en el cielo hay sombras de nubarrones que amenacen tormenta.

Nos hemos citado pronto con Raúl para aprovechar la mañana. Siempre una conversación con él, y especialmente de haiku, suele ser más que interesante, y nos podemos estar varias horas con el tema.

Esta vez hemos quedado para charlar en el Jardín Botánico, un parque centenario a la orilla del antiguo cauce del Turia donde hay hermosos ejemplares de árboles y se respira mucha paz.

Escogemos un banco junto a un pequeño estanque donde los juncos y demás plantas acuáticas crean una ambientación muy cercana a una imagen japonesa. Un grupo de niños se asoma al estanque en busca de ranas. Todo es haiku.

Entrevista a Rául Fortes

¿Por qué Japón, y qué ha hecho que aprendas el idioma y dediques cuando puedes a pasar el tiempo allí?

Desde siempre he sentido atracción por Oriente en general y por China en particular. China es el gigante que a lo largo de la historia ha irradiado saber a toda Asia y también a toda Europa a través de la Ruta de la Seda. Ya de pequeño me llamaban la atención su caligrafía, su pintura, su poesía… Cuando yo empecé a conocer esta cultura, sin embargo, no existía aquí el Instituto Confucio ni se estudiaba chino en las academias o en la Escuela Oficial de Idiomas, como ocurre ahora. Es decir, (sonríe) sí teníamos restaurantes chinos, pero no había un verdadero interés por el país asiático… Posteriormente, las circunstancias me llevaron a focalizar mi atención en Japón; advertí que en la Universidad de Valencia se impartían clases de lengua nipona y que había un convenio entre esta institución académica y la Universidad de Waseda, en Tokio. De alguna manera, llevado por eso y con vistas a viajar a Oriente, comencé a derivar mi interés hacia Japón. Fue un segundo plato, es feo decirlo, pero la verdad es que vino de rebote. Ahora, sin embargo, estoy muy contento con la decisión tomada, porque actualmente mi vinculación afectiva, laboral y académica con Japón es importantísima… Trabajo como profesor, traductor e intérprete de japonés, y no he dejado de investigar sobre la cultura nipona. He escrito y sigo escribiendo para importantes revistas literarias de allí, como Kokoro no Hana y Tanka Ōrai, y también colaboro con HELA encargándome de la coordinación de una de sus secciones: El Rincón de la Tanka… En fin, no puedo estar más agradecido al País del Sol Naciente. Con todo, y esto es muy importante señalarlo, cualquiera que estudie seriamente la cultura japonesa tiene que acabar, antes o después, recalando en la cultura china, porque no olvidemos que Japón debe muchísimo a su país vecino: la escritura japonesa deriva de los ideogramas chinos; el modelo de estado que caracteriza a Japón en sus primeros tiempos, en los períodos Nara y Heian, deriva del modelo centralizado chino, con un cuerpo de funcionarios similar al cuerpo de mandarines; la poesía clásica japonesa es heredera de la poesía clásica china, porque, aunque el haiku es netamente nipón, la tanka, de la que proviene el haiku, hunde sus raíces en los poemas y el sentir chinos; la pintura clásica japonesa adopta los temas y las técnicas de la pintura clásica china…, y así podríamos seguir enumerando ejemplos de la influencia del gigante asiático en el país nipón.

Cuéntanos sobre tu tesis doctoral: la influencia de las artes escénicas japonesas en el cine japonés. ¿Desde que óptica?

Este tema surgió de mi primera estancia académica en la Universidad de Waseda, allá por el año 2002. Entre las asignaturas del curso, había una titulada Artes escénicas niponas. El examen final de dicha asignatura consistía en un pequeño trabajo de cuatro o cinco páginas, y a mí se me ocurrió hacerlo sobre la influencia del teatro en el cine japonés porque vi que había muchas relaciones entre ambos campos. Cuando volví a España, pensé que ése sería un buen tema para mi tesina, y después de recibir el visto bueno de mi directora, me puse con ello. El asunto no estaba investigado en nuestro país. Sí había cosas escritas sobre cine japonés y también algo –no mucho– sobre teatro japonés, pero no existía ningún estudio que hablara de la influencia del segundo sobre el primero. A su vez, este tema me permitía tratar otros muchos aspectos, por ejemplo, las ideas estéticas que unifican todas las artes niponas: yūgen, wabi, sabi…, conceptos que son clave en la poesía clásica, pero también en el teatro y en el cine. Después de todo, estamos hablando de una manera de concebir el mundo, por eso da igual centrarse en la poesía, en las artes plásticas o en las artes escénicas; el denominador común de todas, al fin y al cabo, es una misma visión de las cosas, independientemente del material utilizado en cada una de ellas.

Hace poco estuviste en la Filmoteca de Albacete presentando tu libro Guía para ver y analizarEl Viaje de Chihiro”. Letras, teatro, cine… Además de su origen, Japón, ¿qué tienen allí en común todas estas artes?

Esto está relacionado con lo que comentaba antes: todas comparten la misma visión del mundo, la misma concepción de las cosas. En Japón se han dado unos condicionantes históricos, filosóficos, religiosos, socioculturales y hasta geográficos –estamos hablando de un archipiélago aislado del continente asiático, que, como suele suceder con los países insulares, ha evolucionado de un modo muy peculiar–, que han hecho que la vida se conciba de manera distinta a como se concibe aquí en Occidente. Fijémonos, por ejemplo, en el haiku. Decimos siempre que una de sus características definitorias es su amor por la naturaleza, pero esto no es algo casual. Cabe tener en cuenta que el sintoísmo, la religión primigenia de Japón, es una especie de animismo –con ciertas particularidades idiosincrásicas, eso sí– para el cual toda la naturaleza está imbuida del sentimiento de lo sagrado. El budismo, que llegó a Japón en el período Nara, y que acabó fusionándose con el sintoísmo en un claro ejemplo de sincretismo religioso, también incide en la idea de que el ser humano es sólo un elemento más dentro de toda la creación. No está por encima de ella; forma parte de ella. Nosotros, sin embargo, somos hijos de la tradición judeocristiana. La propia Biblia nos dice en el libro del Génesis que Dios creó el mundo y luego creó al hombre y le dio poder para gobernar sobre todo lo creado.

A la luz de estas razones, resulta fácil comprender por qué Japón concede tanta importancia a la naturaleza, y, sin embargo, desde el punto de vista occidental, ésta está supeditada al ser humano. El haiku no podía haber nacido en un contexto cultural según el cual la naturaleza está al servicio del hombre, no tiene voz, y, cuando la tiene, es el propio hombre quien habla a través de ella, personificándola. Pero esto no atañe únicamente al haiku; constituye, como decía antes, toda una visión del mundo distinta a la que tenemos en Occidente.

Hayao Miyazaki es director de anime (cine de animación japonés), ilustrador y mangaka (dibujante de cómics). Dirigió El viaje de Chihiro, entre otras películas. ¿Es cierto que estás escribiendo un segundo libro sobre él? ¿Por qué?

Sí, así es. El primer libro fue la Guía para ver y analizar “El viaje de Chihiro”, que publicaron Nau Llibres y Octaedro en 2011. Este segundo libro, en cambio, es una monografía general que lleva por título Hayao Miyazaki, y que, si todo va bien, saldrá en 2015. ¿Por qué lo estoy escribiendo? Básicamente, porque fue, como la guía fílmica, un encargo, en este caso, de la editorial Akal. No obstante, a pesar de ser ambas obras de encargo, las he acabado haciendo mías, adoptándolas como proyectos propios. Me he volcado totalmente en ellas, y, la verdad, he disfrutado mucho escribiéndolas. Miyazaki es un director que me encanta, y su cine me parece fascinante. Investigar sobre su producción me ha permitido, además, profundizar en muchos aspectos de la cultura japonesa y darme cuenta de que también en el cine, incluido el cine de animación, rige esta visión del mundo de la que hablábamos antes.

Pero bueno, centrándonos más en lo nuestro, eres un buen conocedor del haiku y de la tanka, de la que eres fiel asesor en HELA… Por cierto, la RAE ya ha aceptado “tanka” como palabra femenina, aunque, tradicionalmente, los estudiosos la han tratado indistintamente como sustantivo femenino (“la” tanka) y masculino (“el” tanka). ¿Cómo la llamas tú? ¿Por qué?

 “LA” tanka, en femenino, porque así lo dice la Real Academia de la Lengua, que es el organismo por el que, creo, nos debemos regir todos, aunque no siempre compartamos sus criterios. No puede ser que cada uno escriba como le venga en gana. La RAE establece que “tanka” es un vocablo tan castellano como “mesa” o como “casa”. Por supuesto, las palabras que conforman nuestra lengua provienen de idiomas muy distintos –el latín, el griego, el árabe, el celta…–, que se corresponden con los diferentes pueblos que han ido pasando por este territorio que llamamos España. “Tanka” es una palabra de origen japonés, pero que ya está adoptada en castellano, como lo está “alcachofa”, verbigracia, un término de origen árabe. Por tanto, hay que aplicarle las normas del castellano. Si es una palabra femenina, no se puede decir “el tanka”, igual que tampoco diríamos “el casa” o “el mesa”. Y dado que es una palabra castellana, el femenino será “las tankas”, y no “las tanka”. Lo mismo ocurre con “haiku”/ “haikú”, vocablo también de origen japonés adoptado por la RAE, que lo trata como sustantivo masculino: “el haiku” / “el haikú”. Otra cosa es que estemos trabajando con palabras que no existen en nuestro idioma, como, por ejemplo, haijin, en cuyo caso, y teniendo en cuenta que el japonés carece de género y número, podríamos colocarle delante los artículos “el”/ “la”/ “los”/ “las”: el haijin, la haijin, los haijin, las haijin –no es correcto decir haijina ni haijines, como he visto a menudo–. No hay más vuelta de hoja; el diccionario marca lo que marca, y no nos podemos inventar las cosas. Lo primero es consultar siempre el DRAE y ver si la palabra que queremos utilizar existe en castellano. Si es así, debemos regirnos por sus normas.

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¿Qué aporta el haiku y qué la tanka?

Aunque cada una tiene sus diferencias, aportan una misma visión del mundo íntimamente ligada a la naturaleza, dentro de la cual se halla el ser humano, como ya hemos señalado, porque la naturaleza da cabida a todo: personas, animales, plantas, etc. Especialmente en el caso del haiku, éste aporta una percepción de la realidad circundante que se halla ausente de otras estrofas, sobre todo de aquéllas de origen occidental. En nuestra poesía se le ha dado siempre primacía a la voz del ser humano. Frente a esto, la gran novedad del haiku es que da voz también a otros elementos de la naturaleza, ya se trate de seres vivos o inertes. Así, junto al hombre, hallamos el río, las flores, las nubes o las montañas, que también nos hablan. Cuando digo que hablan, me refiero a que, aunque es un ser humano el que escribe por ellos, porque, obviamente, ni los ríos, ni las flores, ni las nubes, ni las montañas pueden hacerlo, se les da voz, es decir, se les da presencia, que es algo que en la poesía occidental tradicionalmente se les ha negado, o se les ha dado, pero siempre a través de personificaciones, de la visión mediatizada por el ser humano. En mi opinión, ésta es la gran novedad que aporta el haiku, y lo hace, además, recurriendo, no a la descripción, sino a la evocación y a la sugerencia, como no podía ser de otro modo en una estrofa que consta de sólo diecisiete sílabas, y que, por tanto, ha de dejar necesariamente más cosas fuera que dentro. Lo mismo sucede con el sumi-e, es decir, con los paisajes realizados con tinta china, en los que ni el cielo ni el agua, por ejemplo, se pintan. ¿Dónde están entonces dichos elementos? No están; hay que imaginárselos. Esta valoración del lleno y del vacío, de lo que se ve y de lo que no se ve, pero sí se sugiere, es una de las grandes lecciones del arte oriental asimiladas por el Impresionismo europeo, cuyos cuadros son lo más parecido a un haiku. ¿Qué hacían Monet, Sisley o Pisarro? Salían al aire libre y pintaban la visión fugaz de un momento: el deshielo en un río, el amanecer en el mar o los efectos de la luz cambiante en la naturaleza, incluyendo la naturaleza urbana. Los cuadros impresionistas tienen un carácter abocetado por la esencia misma del fenómeno captado, que no permite detenerse en los detalles. De igual modo, el haiku es la impresión fugaz de un instante, la captación de algo que sucede “en este lugar y en este momento”, tal como dijo Bashō. Dentro de esa definición tan sencilla hay toda una visión del mundo que no la tiene nuestra lírica tradicional.

Por lo que respecta a la tanka, en principio ésta se parece mucho más a la poesía occidental, tanto en la amplia variedad de temas que ofrece como en la permisión de recursos estilísticos –personificaciones, metáforas, etc.–. En ese aspecto, quizás sea menos novedosa que el haiku, pero comparte con él el gusto por la brevedad, alejándose así de estrofas clásicas como el romance o el poema épico. Ese gusto por lo pequeño, por la miniatura, por lo que casi no se ve, por lo que apenas llama la atención, es típico de Japón. Por poner un ejemplo, en la pintura nipona raramente hallamos grandes frescos al estilo de las decoraciones murales occidentales. Resulta significativo constatar también que, entre el Pabellón de Plata y el Pabellón de Oro, dos de los edificios más emblemáticos de Kioto, la mayoría de japoneses se decanta por el primero, mientras que la mayoría de europeos lo hacemos por el segundo, porque lo que a nosotros nos llama la atención es precisamente eso, lo dorado, lo resplandeciente, lo ostentoso. La visión japonesa, en cambio, está muy vinculada a las ideas estéticas de wabi y sabi, o al concepto de muga (ausencia del “yo”) tomado del budismo, y que tradicionalmente ha regido las artes niponas en su conjunto: el “yo” no existe porque la verdadera naturaleza de todo lo que vemos es la vacuidad. Aquello que llamamos “yo” no es más que una serie de agregados que vamos sumando a lo largo del tiempo y que conforman lo que denominamos “personalidad”, pero que, en última instancia, está vacío. Las circunstancias hacen que seamos lo que somos. Si éstas cambian, nosotros también cambiamos. No somos iguales que hace veinte años, ni seremos iguales que ahora dentro de veinte años más. El “yo”, por tanto, depende de condicionantes externos, no de nosotros mismos. Estamos siempre en constante evolución. El “yo” no es algo sólido, consistente, hecho de una pieza, sino justo lo contrario: se trata de un concepto sumamente flexible, voluble y etéreo. A pesar de ello, aquí en Occidente, sobre todo a partir del Renacimiento, se ha ensalzado la figura del artista como genio creador único e inimitable, lo que lleva aparejada toda una concepción del mundo radicalmente distinta de la que tienen los japoneses, para quienes la conciencia del universo es una sola, y el ser humano fluye con ella, no al margen de ella. Tal pensamiento, unido a otras ideas budistas y sintoístas, se aprecia en todas las artes, incluida la literatura, y dentro de ésta, la poesía. El haiku y la tanka, en definitiva, aportan lo mismo que cualquier otra manifestación cultural japonesa: una visión de las cosas distinta de la que tiene, no sólo Occidente, sino también el resto de Asia, dados los condicionantes históricos, filosóficos, religiosos, sociales y geográficos de Japón antes apuntados, así como el peculiar sincretismo cultural que en el país nipón se ha dado a todos los niveles.

Hablamos mucho del haiku hispano (en español), pero se oye menos lo de la tanka hispana. ¿Por qué en el mundo hispano tiene tan poca presencia la tanka, a diferencia de lo que ocurre en Inglaterra o Francia (donde incluso hay una asociación de tanka francófona)? 

Es cierto que en otros países se le ha prestado a esta estrofa más atención que aquí, y que incluso existen revistas extranjeras que actualmente publican tankas en varios idiomas –también en castellano–, como es el caso de The Tanka Journal, de la Japan Tanka Poets’ Society. Ahora bien, si preguntamos a las personas de nuestro entorno, nos daremos cuenta de que tampoco el haiku es tan conocido como creemos. Quizás sí para quienes nos movemos en este mundillo, pero no para la gente común. En realidad, es ahora cuando el haiku está empezando a tomar fuerza en nuestro país. Hasta no hace mucho, esta estrofa había sido más estudiada en Latinoamérica –José Juan Tablada, Octavio Paz, Mario Benedetti…– que en España –excepción hecha de poetas como Machado o Juan Ramón Jiménez, que la trataron con mayor o menor acierto–. Del mismo modo, la tanka ha sido antes apreciada por autores hispanoamericanos como Jorge Luis Borges que no por escritores españoles, aunque me consta que ya somos varios los que la cultivamos también por estas latitudes. Igual que ha pasado con el haiku, la tanka tendrá su momento. Que éste llegue es sólo cuestión de tiempo.

Bien, muchas gracias por tu amabilidad. Para despedirnos, te pediríamos un favor: recomiéndanos una tanka clásica, una contemporánea y, finalmente, otra tuya.

Como paradigma de tanka clásica, escojo ésta de Murasaki Shikibu que aparece hacia el final del capítulo XXI de su novela Genji monogatari:

¿Te diste cuenta

danzando bajo el Sol

de que llevabas

mi corazón prendido

en tus mangas celestiales?(1)

De entre las tankas contemporáneas que existen, elijo ésta de Borges, perteneciente a su obra El oro de los tigres:

Bajo la Luna

el tigre de oro y sombra

mira sus garras.

No sabe que en el alba

han destrozado un hombre.

Y, para concluir, esta tanka de cosecha propia:

Sencilla y libre

se abre en la mañana

el alma pura

como el lirio adornado

de luz y de poesía.

   (1)「日影にも / しるかりけめや / 少女子が / 天の羽袖に / かけし心は」(T. del A.).

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Fuentes:

Bio del autor

Raúl Fortes

Raúl Fortes Guerrero, Licenciado en Comunicación Audiovisual y en Historia del Arte (Premio Extraordinario de Licenciatura 2000/2001) por la Universitat de València, es docente de lengua y cultura japonesas, intérprete, traductor, investigador, conferenciante y galardonado autor de numerosas publicaciones académicas y literarias, tanto en España como en el extranjero.