Hiroshima, Nagasaki y la genbaku bungaku: el derecho a olvidar, el deber de recordar

El ser humano es contradictorio. Habla de guerras necesarias para alcanzar la paz, escribe libros de Historia con los que recordar errores pasados que olvida y vuelve a cometer, levanta monumentos a las víctimas de conflictos que pudo evitar y es capaz de crear armas capaces de borrar todo aquello por lo que ha luchado sin dejar una sola huella. Dice Jorge Volpi en su prólogo a la obra de Masuji Ibuse, Kuroi ame (Libros del Asteroide, 2007), que «la bomba es la metáfora del siglo XX […]. Es su condensado o su resumen. El viejo pacto de Fausto con el diablo […]. La ciencia al servicio del poder y sus delirios. Nos hemos convertido en la única especie capaz de extinguirse por voluntad propia». Y no le falta razón. Históricamente, hemos visto cómo el ser humano, víctima de su propia esencia contradictoria, ha sido, es y será capaz de lo mejor y lo peor, y qué ejemplo más claro de ello que lo sucedido en las ciudades de Hiroshima y Nagasaki en las mañanas del 6 y del 9 de agosto de 1945.

Han transcurrido 75 años desde entonces y, para esta ocasión, quisiera hacer mi particular homenaje a todas las víctimas de la única manera que sé: a través de los textos literarios, presentándoos algunas de las obras que nacieron de las cenizas, del dolor y de la devastación física y moral de quienes pasaron a ser conocidos como los hibakusha, pero también de la esperanza y de la lucha de unas gentes que consiguieron superar el horror, a pesar de todo. Hoy os hablo de la genbaku bungaku, la literatura de las bombas.

Kenzaburō Ōe y sus Cuadernos de Hiroshima: comprender la barbarie para aceptar la vida

Verano de 1963. Llego a Hiroshima al rayar el alba. Me asalta la ilusión de hallarme en una tierra desierta. Los habitantes de la ciudad aún no han pisado las calles. Solo hay algunos pasajeros detenidos aquí y allá. En una mañana como esta del verano de 1945 también llegaron a Hiroshima muchos viajeros. Quienes abandonaron la ciudad tal día como hoy hace dieciocho años o incluso al día siguiente, sobrevivieron. Pero los que se quedaron un día más se vieron abocados a sufrir la experiencia vital más inhumana de todo el siglo XX. Unos se volatilizaron al instante; otros continúan arrostrando un destino cruel atemorizados por el número de leucocitos en sangre.

Con estas palabras comienza un joven Kenzaburō Ōe (1935) su obra Cuadernos de Hiroshima (Anagrama, 2011), un relato estremecedor que recoge numerosos testimonios de víctimas y que relata, a modo de crónica, los efectos físicos y psicológicos que sufrieron quienes sobrevivieron a la tragedia, a un episodio de la historia al que Ōe calificó como «la mayor desgracia soportada por los seres humanos en el siglo XX». Poco podemos añadir hoy día sobre lo sucedido aquellas fatídicas mañanas del 6 y 9 de agosto de 1945; ya está todo dicho. Little Boy y Fat Man dejaron una huella imborrable en la historia de la humanidad, en esta sociedad nuestra a la que llamamos moderna, tan propensa a autolesionarse. Aquellas bombas grabaron a fuego un estigma en la psique de todo un pueblo, el japonés, que acabó sumido en el dolor, en la desesperanza y en el dilema moral de olvidar o recordar lo vivido aquellos días.

La familia Ōe

Tres cuartos de siglo han pasado desde entonces y aún continuamos recordando año tras año a las víctimas, con voces que se alzan a favor y en contra de rememorar la catástrofe, pero que comparten una misma idea: que nunca vuelva a suceder nada semejante. Ōe fue uno de tantos que plantearon esta dicotomía entre el derecho a olvidar y el deber de recordar y, una vez más, la literatura fue la herramienta idónea con la que abordar este debate, con la que reflejar lo vivido por las víctimas y con la que dar voz a su sentir. Dijo el premio Nobel, muy acertadamente, que «la literatura del siglo XX se las ha tenido que ver con una gran variedad de situaciones extremas, la mayor parte de las cuales tienen relación con el mal que anida en los hombres y en el universo». Y yo me pregunto, ¿acaso no es cierto que las épocas de mayores crisis han sido los escenarios perfectos para que el arte y la literatura se manifiesten con mayor intensidad y esplendor? Bien pensado, es como si acudiésemos a ellos como bálsamo para las heridas de la vida y como antídoto con el que contrarrestar los males de este mundo.

Es innegable que, tras el desastre de las bombas, el asesinato indiscriminado de miles de civiles inocentes y las secuelas con las que habrían de cargar de por vida los supervivientes, la literatura adoptó nuevas formas: sirvió como reflejo del horror vivido y como altavoz para las reivindicaciones de paz de la sociedad japonesa. De lo sucedido aquellas fatídicas mañanas nace una nueva literatura, la genbaku bungaku o «literatura de las bombas». Este fenómeno cobró vida gracias a los supervivientes, a aquellos bautizados como hibakusha, que renunciaron a ese silencio característico de la idiosincrasia japonesa para narrar sus experiencias y tratar de encontrarle un sentido a la tragedia.

En esa búsqueda de la comprensión de lo absurdo participaron desde autores consagrados a personas que, hasta entonces, no habían tenido experiencia con el arte de la escritura, proporcionando un extra de originalidad y carácter genuino a este fenómeno. Kenzaburō Ōe, sin ser uno de esos «autores-víctimas», es considerado miembro de una segunda generación de escritores de las bombas, con una obra condicionada en su práctica totalidad por los efectos que la radiación tuvo en su hijo Hikari, que nació con una anomalía cerebral. En ellas se observa cómo Ōe trata de entender lo sucedido acudiendo directamente a quienes vivieron el horror en primera persona y con su prosa clara, cruda y directa describe y transmite las experiencias ajenas, dirigiéndose a un lector que también trata de comprender el porqué de tal barbarie.

¿Por qué leer a Kenzaburō Ōe? Porque sus escritos son lecciones de vida, aproximaciones al drama humano desde la más genuina intención de comprender al hombre y sus actos, tantas veces absurdos y abominables; pero ante todo porque es reflexión y humanismo en su estado puro, aceptación de la vida y esperanza depositada en unas generaciones futuras cuyo compromiso principal debe ser el de recordar la tragedia para no repetirla.

Muerte, dolor y (des)esperanza en Tamiki Hara

En lo que se podría considerar una primera generación de escritores de las bombas, son muchas las plumas que rompen con el silencio impuesto desde fuera y desde dentro para dejar constancia, valientemente, de lo acontecido en los momentos previos y posteriores a los brutales ataques. Y digo valientemente porque, como podéis imaginar, no debió de resultar sencillo enfrentarse al horror y a la censura impuesta por los países implicados, temerosos de los efectos que los testimonios de las víctimas pudieran tener sobre la imagen de una nación más centrada en asumir la vergüenza de una guerra perdida y en emprender su recuperación económica que en mitigar los efectos de las bombas y escuchar a sus víctimas.

Desde los estudios literarios, son muchos quienes consideran a Tamiki Hara (1905-1951) como la figura de mayor relevancia entre todos los autores que sobrevivieron a las bombas. Nacido en Hiroshima, tuvo la suerte o la desgracia (si es que pueden entenderse en su caso la una sin la otra) de encontrarse en la ciudad aquella mañana del 6 de agosto y sobrevivir al bombardeo. De educación refinada y con una clara tendencia al decadentismo, llama la atención su vida —una vida rodeada de muerte— casi tanto como su producción literaria, marcada profundamente por dos acontecimientos traumáticos: la pérdida de su esposa y los bombardeos que forzaron el fin de la guerra.

En Flores de verano (Impedimenta, 2011), una de sus obras clave, habló del antes, el durante y el después de los ataques, dando forma con una prosa estremecedora a los horrores de una guerra sin sentido.

Mientras avanzábamos por un estrecho sendero de piedra nos topamos con un grupo de refugiados. Su aspecto era indescriptible. […] Tenían la cara tan hinchada y deforme que resultaba imposible distinguir quién era un hombre y quién una mujer; sus ojos se reducían a una delgada línea inflamada; sus labios estaban cubiertos de llagas terribles. Sus cuerpos, prácticamente desnudos, quedaban a la vista, mostrando espantosas heridas y quemaduras en los brazos y en las piernas.

Devastación tras las bombas de Hiroshima y Nagasaki

Leer Flores de verano implica retroceder en el tiempo y el espacio para recorrer las calles de Hiroshima en los momentos más terribles de su historia. Es revivir los momentos previos a la detonación con la angustia de saber lo que va a ocurrir a continuación y horrorizarnos con aquellas tremebundas escenas de muerte y destrucción con las que el escritor se fue encontrando y que, inevitablemente, lo persiguieron hasta el fin de sus días. Es sentir la contradicción del hombre en todas sus dimensiones a través de la recreación trágica y poética a un mismo tiempo de lo mejor y lo peor de la condición humana.

El propio Tamiki Hara reconoce en esta obra que uno de sus primeros pensamientos al empezar a vislumbrar la magnitud del desastre fue el dejar testimonio escrito de ello. Al igual que Ōe y tantos otros, se inclina por el deber de recordar una tragedia que no es capaz de olvidar. Es en otra de sus obras, Chinkonka (1951), donde acaba revelando los profundos sentimientos de frustración, incomprensión y angustia vital que lo fueron consumiendo. Finalmente, incapaz de sobreponerse a las circunstancias de una vida llena de dolor que no le aportaba nada, decidió ponerle fin arrojándose a las vías del tren.

Yōko Ōta y el silencio de la censura

No solamente la guerra hizo estragos en el país. Sumido en el más absoluto silencio, la sociedad japonesa trabajaba por la recuperación en un intento de dejar atrás el pasado y mirar solo hacia el mañana. La censura fue muy dura, impidiendo en muchos casos que aquellos que querían dejar constancia de lo vivido al final de la guerra publicasen sus escritos y obstaculizando la difusión de los testimonios de los hibakusha. Yōko Ōta (1906-1963), escritora superviviente de Hiroshima, tuvo que luchar contra viento y marea para relatar su experiencia. No solo se le prohibió publicar, sino que además tuvo que soportar duros interrogatorios militares con los que se pretendía acallar a las víctimas.

Incapaz de borrar de su memoria lo vivido, Ōta escribió el mismo año de la catástrofe Ciudad de cadáveres, obra que sería censurada y publicada años después tras haber eliminado algunos fragmentos. A diferencia de otros autores de la genbaku bungaku, Ōta abandona todo ornamento estético y relata con crudeza y detalle lo vivido tras el bombardeo. A las descripciones de los efectos inmediatos que la bomba tuvo en la ciudad y en sus habitantes se le suma el pavor a los efectos de la radiación, una constante en esta obra y en otras posteriores, como las aclamadas Ningen ranru (1951) y Han ningen (1954), un retrato, esta última, de los trastornos psicológicos nacidos de los temores a la guerra y a la radiación.

Lamentablemente, Yōko Ōta no está publicada aún en español, aunque con la tendencia claramente en alza que vivimos en la actualidad a publicar obras clave de la literatura japonesa, no deberíamos descartar que esta autora estuviera próximamente en nuestras estanterías.

Tsutomu Yamaguchi, poemas de un alma herida

Con frecuencia, al aproximarnos a la genbaku bungaku observamos una presencia mayoritaria de escritores cuya producción literaria se centró en la narrativa, pero también hubo quien vio en el género lírico la vía perfecta para transmitir la experiencia de las bombas, aunque no fuesen tan aclamados por crítica y público. Hablar de poesía de las bombas implica necesariamente abordar la obra de Tsutomu Yamaguchi (1916-2010), la única persona que, milagrosamente, sobrevivió a las dos explosiones.

Yamaguchi fue un ingeniero naval oriundo de la ciudad de Nagasaki. A diferencia de otros autores adscritos al fenómeno de la genbaku bungaku, su relación con la literatura se materializó tras los ataques, sintiendo que solo a través de los versos podría canalizar todas aquellas emociones contenidas tras el horror vivido. De todo lo escrito a lo largo de su vida, publicó una antología con un total de 400 poemas cortos en forma de tanka de treinta y una sílabas, los cuales fueron traducidos al inglés y recientemente al español, para deleite de todos nosotros, bajo el título Y el río fluía como una corriente de cuerpos (Ecos de Asia, 2017). Podéis disfrutar de la lírica de Yamaguchi de manera gratuita en el siguiente enlace: Antología poética de Tsutomu Yamaguchi.

Trapos quemados,

me acerco y descubro

un ser humano.

Retorciéndose dentro

pero aun viviendo.

Los poemas de Yamaguchi duelen, remueven algo por dentro en quien los lee. Estelas de dolor, incomprensión, desesperanza y frustración en breves composiciones de enorme belleza y profundo sentimiento con las que Yamaguchi emprendió la senda de la superación y la supervivencia. Es una literatura en todas sus dimensiones, la estética, la transmisora y la terapéutica, cuyo efecto catártico se extiende imparable desde el propio autor al lector.

Otras voces de la posguerra por la paz

Hubo otros muchos que dejaron constancia del horror de aquellos días de verano, de los últimos estertores de una nación que vivió en carne propia los límites de la crueldad humana. Masuji Ibuse (1898-1993), otro autor prolífico, alcanzaría la fama internacional gracias a su obra Kuroi ame (Lluvia negra), publicada en 1966 en formato libro después de haber aparecido por entregas en una revista con periodicidad mensual. En esta novela se narran las vivencias de la joven Yasuko, víctima no solo de los efectos de las bombas, sino también de los prejuicios y del rechazo que la sociedad japonesa, víctima del miedo y del desconocimiento, mostró hacia sus propios compatriotas. El éxito alcanzado por la obra propició que años más tarde se llevara bajo el mismo título a la gran pantalla de manos del cineasta Shōhei Imamura.

Escena del film Kuroi Ame

Michihiko Hachiya (1903-1980), médico en prácticas que sobrevivió al bombardeo de Hiroshima, publicó sus experiencias personales en la revista Teishin Igaku, divulgándolas entre los círculos médicos y publicándose en 1955 bajo el título Hiroshima Diary: the Journal of a Japanese Physician.

Y así fue como numerosas víctimas hicieron uso de la literatura para sacar a la luz de forma más o menos estética y explícita los horrores de una guerra que arrasó con cientos de miles de vidas en una carrera sin sentido de unos pocos hacia el control del poder.

Una reflexión personal

¿Olvidar o recordar? Decía Kenzaburō Ōe que «el más terrorífico monstruo que acecha desde la oscuridad de Hiroshima es, precisamente, esa posibilidad de que el ser humano no lo siga siendo por más tiempo». Olvidar este mensaje y todas aquellas palabras que nacieron del horror de las bombas implica un riesgo enorme de tropezar una vez más con la misma piedra. Desde lo sucedido en Hiroshima y Nagasaki, la sociedad en general clama por la paz, por un futuro libre de armamento nuclear, y aboga por el diálogo, a pesar de que aún se continúa arrastrando las consecuencias de aquella debacle.

Las élites políticas y económicas parecen haber adquirido cierta conciencia de los peligros que entraña la carrera nuclear, aunque aún queda mucho camino por recorrer, demasiados conflictos de intereses que lo entorpecen y largas sesiones pendientes de sincero diálogo y compromiso para con la sociedad del futuro, si es que queremos asegurar la supervivencia de nuestra civilización.

En todo esto la literatura ha jugado un papel decisivo como altavoz de muchas voces que quisieron ser acalladas y que lucharon contra viento y marea para que sus testimonios, los de los hibakusha, fuesen escuchados en todo el mundo.


Fuentes:

  • Textos consultados de: HARA, T. (2011) Flores de verano. Impedimenta; ŌE, K. (2011) Cuadernos de Hiroshima. Anagrama; RUBIO, C. (2019) Claves y textos de la literatura japonesa. Una introducción. Cátedra; TREAT, J. (1987) Hiroshima Nōto and Ōe Kenzaburō’s Existentialist Other en Harvard Journal of Asiatic Studies, 47(1), 97-136. doi:10.2307/2719159; YAMAGUCHI, T. (2017) Y el río fluía como una corriente de cuerpos. Ecos de Asia Ediciones
  • Texto creado por: Hana Pardo [CoolJapan.es]

Acerca Hana Pardo

Graduada en Estudios Hispánicos por la Universidad de Cantabria en el Centro Internacional de Estudios Superiores del Español CIESE-Comillas. Cursando másteres de enseñanza de ELE y de traducción audiovisual. Estudiando japonés a tope. Otaku y fujoshi. Haciendo mis pinitos en la investigación y divulgación literaria. Próxima parada: ¿Instituto Cervantes de Tokio? Let me dream.

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