Ikebana, el arte de la flor viviente

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Ikebana

¿Qué sería del hombre sin la naturaleza? Esta cuestión ha sido planteada por multitud de artistas a lo largo de los años. Sin embargo, es en el país del sol naciente donde la naturaleza se convierte en auténtico arte gracias al arreglo floral o ikebana. Este se basa en la belleza efímera de una flor, con gran carga simbólica y compositiva. ¿Pero cuál es realmente su origen?

Origen del ikebana

El origen del arte de la flor viviente, también conocido como ikebana o kadō —el camino de las flores— tiene su origen en el continente asiático. Llegó al archipiélago japonés a través de la zona de Corea y, por supuesto, gracias a la influencia de China a partir del siglo VI. Y es que a partir de aquí es cuando el budismo, junto al confucionismo, tuvo gran repercusión en Japón.

La entrada de la religión de Buda hizo que se popularizara el kuge, una costumbre china de realizar ofrendas florales en los altares. La tradición cuenta que un sacerdote llamado Ono-no-Imoko, insatisfecho por la forma despreocupada con la que se realizaban estas entregas, comenzó a experimentar con diferentes arreglos florales a fin de intentar simbolizar el universo. En los diseños que dicho sacerdote creaba, las diferentes flores se erigían verticales, evitando composiciones donde se viese la rama dejarse caer. De este modo, y mirando al cielo, las flores se disponían en grupos de tres para representar la armonía entre el cielo, la tierra y el hombre.

Diferentes monjes perduraron la tradición durante varios cientos de años, aunque no hay constancia alguna sobre si el diseño seguía algún patrón particular. Con el paso del tiempo, y la evolución de la sociedad, este y otros muchos movimientos artísticos fueron evolucionando. Así, a finales del siglo XV Japón vivió su propio Renacimiento —valga la compartiva—, experimentando un desarrollo artístico sin igual. Ejemplos de ello los podemos ver en la arquitectura, la poesía haiku, el teatro noh, etc.

Es a partir de esta época cuando surgen las primeras escuelas de ikebana, las cuales han ido evolucionando y definiendo diferentes conceptos referidos al arreglo floral, fluctuando siempre entre diversos estilos más formales o informales. Con el paso del tiempo, este antiguo arte se vio nuevamente popularizado en distintos festivales veraniegos celebrados en torno a los templos y santuarios más importantes del país. Por citar algún ejemplo, podemos nombrar el Shichiseki-Horaku-no-Hana.

Los estilos del ikebana

No es hasta 1499, con la publicación de Kaoirai no Kadensho, cuando se presenta por primera vez un estudio escrito del arte del ikebana. En este libro se recogen las estrictas reglas y restricciones del llamado Tatebana o arte de la flor de pie o vertical, que puede considerarse como el primer estilo de ikebana.

RikkaEn este periodo, destacaremos la labor de Ikenobo Sengyo, famoso maestro de arreglos florales. Este, con el paso de los años creó un estilo propio de ikebana llamado Rikka, estableciendo así la Escuela de Ikenobo en el siglo XVI. El estilo Rikka era especialmente empleado en ocasiones ceremoniales. Nació de un estilo menos formal y complicado llamado Nageire, muy usual entre el pueblo llano.

Avanzando en el tiempo hasta la llegada del periodo Edo (1603-1868) las variantes y estilos del ikebana fueron naciendo. Es en 1820 cuando la escuela del maestro Ikenobo crea un nuevo estilo de arreglo floral mucho más ortodoxo llamado Shoka.

Ya durante el periodo Meiji (1868-1912), la famosa escuela de Ikenobo comenzó a considerarse muy conservadora. Y es que muchos maestros del momento comenzaron a influenciarse por la cultura occidental, modernizando así este arte centenario. Gracias a esto surgieron nuevos estilos de ikebana como el Moribana.

A partir de 1977 surgieron nuevas variaciones de estilos, descendientes de los anteriores, los cuales nuevamente cabalgaban entre la formalidad del Shoka o la ligereza y expresividad de otras variantes más informales.

El arte de la flor viviente

Shoka

En Occidente, a veces el ikebana es definido simplemente como un conjunto de normas para colocar flores en un recipiente, logrando un efecto decorativo. Sin embargo, es mucho más que eso, y para descubrirlo basta con observar atentamente la forma y fases de crecimiento de las flores, los elementos vegetales de la composición creada.

El arte del ikebana nace del respeto hacia la naturaleza, y de un profundo arraigo en la tradición nipona, así como en su arte. De este modo, queda tremendamente influido por artes como la caligrafía, la ceremonia del té o la propia poesía haiku. Así queda demostrado en el poéma que Matsuo Basho escribió en uno de sus diarios:

Todos los que logran sobresalir en el arte poseen una cosa en común: una mente en comunión con la naturaleza a lo largo de las estaciones… y todo lo que ve una mente así es una flor y todo lo que una mente así sueña es la luna…

De este modo, el ikebana puede definirse como un arte disciplinado en el cual la naturaleza y el ser humano se unen. También puede interpretarse como una reflexión acerca del paso del tiempo. Otro aspecto presente en el ikebana es el minimalismo. De este modo, la sencillez está presente en la mayoría de composiciones y creaciones basándose todas en diferentes estructuras geométricas. Aquí juega un papel clave no solo los elementos vegetales sino también el contenedor, que equilibra la composición dándole unidad.

El ikebana y el haiku

Hablar del ikebana es hablar de lo efímero en el arte, al igual que cuando nos encontramos ante un haiku. En ambos casos, la fascinación y belleza que contemplamos tanto en el arreglo floral como en el poema, va evolucionando en cada instante. ¿Es acaso la misma composición floral la vista ahora que mañana? ¿Permanece inmutable el haiku leído en este momento que si se hace después? ¿O más bien varían ambos dependiendo del paso del tiempo y de nuestra propia percepción?

Esta estrecha relación entre ambas manifestaciones artísticas ha sido mantenida durante muchos siglos gracias a diferentes concursos, eventos y tradiciones. Un ejemplo de ello puede verse en el famoso concurso de arreglo floral Hana-Awase, que llegó a formar parte de otro previo de poesía llamado Uta-Awase. Durante la realización de este tipo de evento se aprovechaba para exhibir diferentes artesanías tanto propias como traídas de China.


Fuentes

Bio del autor

Macarena Torralba

Licenciada en Bellas Artes en la U. de Sevilla, actualmente es doctorando en la misma universidad. Estudiante de diseño y apasionada por el arte y la cultura nipona.