Quince años después de Battle Royale

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Si bien es común al resto de expresiones artísticas, una de las principales motivaciones del cine radica en explorar los límites de la sensibilidad humana. Y como nuestra emoción no solo subsiste a base de romanticismo, humor, drama, o épica, también procuramos hacer un hueco para aquellas películas capaces de causarnos sensaciones contradictorias, a medio camino entre la repulsa moral y el goce de ver plasmado en pantalla lo políticamente incorrecto.

Pues bien, allá por el año 2000 se estrenaría uno de estos filmes, Battle Royale, que junto a otros hitos como Ringu (Hideo Nakata, 1998) o El verano de Kikujiro (Takeshi Kitano, 1999), pondría de relieve el cine nipón en Occidente al igual que décadas antes sucediera con Kurosawa y sus célebres Siete.

A estas alturas, y más tras el éxito de la saga Los juegos del hambre, casi todo el mundo conocerá desde qué premisa argumental partimos aquí. Pero si eres un lector despistado, te diré que viajamos a un Japón ucrónico a punto de colapsar económica y socialmente, constreñido por la dictadura y donde la juventud se caracteriza por la falta de valores, la amoralidad, la violencia y la indisciplina. Como medida disuasoria, el gobierno promulga la ley «Battle Royale», que consiste en elegir al azar una clase de instituto e invitarla, mediante la fuerza, a exterminarse en una isla deshabitada.

Takeshi Kitano interpretó al tutor de la clase seleccionada.

No es de mucho interés subrayar las diferencias entre nuestro film y el libro que adapta, pero se podría afirmar que el director Kinji Fukasaku, por entonces ya septuagenario, superó «con nota» el siempre polémico trasvase entre literatura y cine. Si echamos un vistazo a su filmografía, llama la atención el hecho de estar colmada de trabajos de corte fantástico o ficcional, y sobre todo de temática yakuza. Por tanto, no es de extrañar la solvencia de una cinta tan presuntamente extrema en su propuesta que para algunos fuese desagradable y para otros un filme de culto.

Ahora bien, con la panorámica que me ofrece el paso del tiempo, os diría que no estoy de acuerdo con ninguno de los dos asertos anteriores. Battle Royale se ha visto beneficiada por varios factores para trascender mediáticamente (pongamos como ejemplos la novela, la participación de Kitano, las opiniones de Tarantino, su cacareada violencia explícita…), pero lo cierto es que historias de su perfil ya se conocían en Japón y aún seguirían surgiendo después de su estreno. Aunque residuales, géneros tan drásticos como el pseudo snuff, el eroguro o el ciberpunk de Tsukamoto y Fukui ya causaron estragos entre los espectadores décadas antes, por no aludir a animes de trasfondo similar como Abashiri Ikka (Takashi Watanabe, 1991).

Quentin Tarantino llegaría a afirmar que Battle Royale es una de las mejores películas de los últimos veinticinco años. En su línea fetichista, quiso alistar para el proyecto de Kill Bill a alguna de las actrices que participaron en el film de Fukasaku. La afortunada fue la atractiva Chiaki Kuriyama, que interpretaría tres años más tarde a la colegiala asesina Gogo Yubari.

Así pues la gran virtud en la obra de Fukasaku fue reunir clichés narrativos preexistentes con el objetivo de darlos a conocer al gran público. Este, probablemente joven o extranjero, y con poco bagaje cinematográfico a sus espaldas, se sorprendería ante una propuesta a priori novedosa, pero que en realidad no lo era tanto. De una forma u otra hemos de reconocer el impacto de Battle Royale en el sector mainstream, y es aquí justamente donde encuadramos toda su mitología circundante, ya sea positiva o negativa.

Por lo demás, a la altura de 2015, no podemos afirmar que la cinta haya envejecido bien. Siendo críticos, su lenguaje visual dista de ser elegante, sus actuaciones rayaban el amateurismo, y muchos puntos del guión son absurdos y gratuitos. Si a ello le sumamos que su otrora impactante visceralidad hoy parece ingenua al lado de obras como Tokyo Gore Police (Yoshihiro Nishimura, 2008) o Confessions (Tetsuya Nakashima, 2010), muchos lectores pensarán que cinematográficamente Battle Royale no es una gran película.

Y puede que así sea, pero pocos le podrán arrebatar el mérito de haberse introducido con éxito en miles de salas, de no dejar indiferente prácticamente a nadie y, por supuesto, de contribuir al nuevo estallido del cine japonés de finales de los noventa: un estallido sin el que, por cierto, no estaría escribiendo hoy para Cool Japan.


Fuentes:

Bio del autor

Antonio Míguez

Antonio Míguez Santa Cruz, profesor colaborador honorario de la Universidad de Córdoba y miembro del Grupo de investigación de Frontera Global de la Universidad de Alcalá. Sus líneas de investigación giran en torno al contacto entre ibéricos y japoneses durante los siglos XVI y XVII, así como sobre el Cine fantástico japonés. Ha sido autor de varios artículos de revistas científicas y episodios de libro, además de organizar congresos y seminarios de temática japonesa.