Reseña y comentario del “Kojiki”, de Editorial Trotta

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Portada el kojiki

La reseña de hoy es singular en diversos sentidos. No se trata de un manga o una novela de éxito, mucho menos de un ensayo realizado por algún japonólogo eminente; más bien hablamos sobre uno de los vértices fundamentales de la literatura japonesa, también de su mitología y religión, e incluso desde algunas perspectivas, de su misma historia. Por eso, aparte de incidir sobre la edición en sí misma, me veo en la necesidad de deslizar algunos comentarios propios que completen el panorama de la obra.

Reseña del Kojiki

Las llamadas Crónicas de antiguos hechos de Japón, popularmente conocidas como el Kojiki, son una serie de rollos escritos a principios del s. VIII por el noble Ō no Yasumaro bajo la premisa de enlazar al Mikado con los mismos dioses y el nacimiento de la nación japonesa. La redacción, que en un principio podría achacarse a un interés meramente cultural, en realidad responde a la necesidad política de legitimar la institución imperial en un momento de inestabilidad, sobre todo debido a la cercanía de la guerra dinástica de Jinshin, o al cambio de los Sui por los Tang acaecido en China durante el siglo anterior. De este modo, nos hallamos ante un relatario que solapa la leyenda con la pseudo-historia, colmado de héroes, deidades y grandes mandatarios.

Retrato de Yasumaro (s. XIX), por Kikuchi Yôsai.

Por todo lo anterior se considera a Yasumaro el primer «historiador» de Japón aunque con todas las comillas que podamos ponerle al término. Noble de quinto grado y posiblemente hijo del militar Ō no Honji, es indudable que pese a firmar un texto parcial e interesado realizó además una labor encomiable de compilación de mitos antiguos, confiriéndoles una estructura coherente dentro del nuevo orden gubernativo establecido. Estamos pues ante un personaje en cualquier caso brillante y cuyo legado intelectual acompañó, por sentar un canon,  al discurrir de los siglos o la expansión de la geografía.

El célebre Carlos Rubio y Rumi Tani han sido los responsables de la por ahora única traducción al castellano de una obra tan capital. Del primero, quien ha traducido a autores como Sôseki o Mishima,  poco podemos decir salvo que nadie ha llegado más alto que él en esto de la lingüística japonesa en nuestro país. Por su parte, la profesora Tani, de padre japonés y madre catalana, impartió a principios de siglo la lengua de Cervantes en varias universidades niponas, siendo en la actualidad profesora titular de la Complutense de Madrid. En 2009, un año después de trasladar el Kojiki, ambos profesores colaboraron nuevamente en la transcripción al español del Heike Monogatari, un complejísimo relato a medio camino entre la épica y la elegía tan solo por debajo en importancia del Romance de Genji.

Cuando Yasumaro presentó su trabajo a la emperatriz Genmei en 712 no podía imaginar que otro texto semejante llamado Nihon Shoki (720), desplazaría al Kojiki por estar aquel concebido para recitarse en chino, el idioma culto en las cortes de Asuka, Nara y Heian. Esa circunstancia cambiaría dependiendo de los contextos políticos y religiosos del país, llegando al punto de que La crónica de antiguos hechos se relanzaría durante el s. XVIII debido a los intereses nacionalistas del literato Motoori Norinaga. Profundo creyente de la doctrina sonno joi – literalmente, reverenciar al emperador y expulsar a los bárbaros– , le pareció buena idea primar la religión nacional, el shinto, sobre las agregaciones chinas y así potenciar la figura de los descendientes de Amaterasu cuando los balleneros estadounidenses comenzaron a rondar el archipiélago, o incluso los británicos demostraban una superioridad total en las guerras del opio. Si Japón se sentía amenazado por las potencias occidentales ¿no era hasta cierto punto coherente que cerrase filas exaltando sus rasgos y valores más nacionales en contraposición a lo foráneo? En este sentido, el Kojiki fue uno de los elementos más importantes.

En cuanto a la estructura, el escrito se divide en tres partes, a saber: la edad de los dioses, la edad de los héroes y la edad de los hombres. A su vez cada etapa se subdivide en episodios de distinta extensión e importancia, de los que rescataremos seguidamente algunos.

Creación de Japón

Al igual que sucede en multitud de volúmenes semejantes – La Teogonía, La Biblia, El Silmarillion – en el Kojiki se explica cómo surge la materia desde el vacío primordial. Aquí se coge prestado de China el mito del huevo cósmico, para dar paso poco después al nacimiento de las islas japonesas a manos de la séptima generación de dioses: Izanagi e Izanami.

Izanagi, el varón, situado desde el puente celestial, introdujo una naginata en las aguas que formaban la masa del mundo. Al extraer la hoja, varias gotas cayeron de nuevo a la superficie para solidificarse, formándose de este modo el archipiélago de Japón.

Izanami Izanagi_thumb[2]

La muerte de Izanami

Endurecido el suelo, los dioses erigieron un gran pilar en torno al que juguetearon, libidinosos. Como fue la mujer Izanami quien se dirigió en primera instancia a su compañero, todos los hijos engendrados resultaron deformes y contrahechos, entre los que destacó el niño babosa, Hiruko.

Una vez averiguado el origen del problema, ambos dioses repitieron el cortejo salvo por el distinto proceder de Izanagi, quien en esta ocasión llevó la iniciativa en la relación sexual. Entonces tuvieron multitud de hijos e islas en perfecta condición, pero la diosa murió poco más tarde por las quemaduras resultantes de parir al dios del fuego, Hi-no-yagihayao-no-kami.

El descenso al Yomi

Izanagi, consternado por el dolor de haber perdido a su amada, decidió bajar al Yomi y pedirle a los jueces del inframundo que liberasen a su esposa. Una vez llegó a las puertas en oscuridad perpetua y las golpeó, fue la misma Izanami quien las abriese emocionada, pero ella le transmitió que le sería imposible abandonar ese lugar por haber probado ya el fruto de los muertos.

Aun así, y ante la insistencia de su esposo, a Izanami se le concede volver a la superficie a cambio de una sola exigencia: su marido deberá esperarla pacientemente en la entrada hasta que estuviera presentable. Pasaron las horas y los días y el dios ya no pudo resistir adentrarse en el país de los muertos. Como no podía ver nada, prendió fuego a un jirón de su propio cabello arrancado en una púa del peine y así contempló cómo su esposa se acicalaba para el viaje en un estado de corrupción avanzado.

izanami_by_ethicallychallenged-d8t6zxeIncapaz de digerir el espanto, Izanagi huyó por los túneles buscando la luz, al tiempo que era atacado por multitud de espíritus menores y criaturas del abismo. Sin embargo, el mayor peligro lo representaba la grotesca figura de su esposa, que no paraba de perseguirlo increpándole y lanzando maldiciones a sus espaldas. Ya en el exterior de las entrañas de la tierra, el dios fue capaz de taponar la entrada con una roca. Desde el otro lado los gritos de frustración de Izanami retumbaban por el mundo, llegando a jurar que, por la infidelidad de su marido, cada día se llevaría a mil vivos al Yomi, a lo que Izanagi contestó que entonces provocaría mil quinientos nacimientos por jornada. Así nació el mito de la muerte y nacimiento de los hombres en Japón, y aquí tenemos el primer ejemplo de una mujer muerta atormentando a un marido de ética irregular.

Como aporte personal, el parecido de este mito con el de Orfeo y Eurídice puede deberse a un tronco común hindú que se propagó tanto al este, influenciando a los chinos y japoneses, como al oeste, donde llegaría hasta Asiria o Babilonia, para más tarde cristalizar en la cultura grecolatina.

Nacimiento de Amaterasu

Recién salido de la inmunda lobreguez del Yomi, Izanagi decidió limpiar la suciedad de su cuerpo en un lago con corriente de agua. En ese instante, entre otra gran cantidad de kami-gami nacieron tres principales: del ojo izquierdo Amaterasu, diosa del sol; del derecho, Tsukuyo, dios de la luna; y de la nariz, Susanoo, el díscolo, deidad del mar, la fiereza y la guerra.

Cierto día Izanagi encontró a Susanoo llorando porque deseaba conocer a su difunta madre. Entonces su padre lo desterró, y por venganza decidió ofuscar a su hermana Amaterasu de distintas formas. La más cruel se produjo al arrojar los restos de su caballo favorito por el suelo de la hilandería celestial, motivo por el que Amaterasu se escondió asustada en las profundidades de la tierra, privando al mundo por tanto de la luz del sol.

El carácter violento y rebelde de Susanoo, así como su irracional devoción hacia una madre que nunca llegó a conocer, puede deberse a que en el momento de su nacimiento el olor a podredumbre del Yomi aún persistía en la nariz de su padre. Para el shinto todo lo relacionado con la corrupción es nefando, pues hablamos de un sistema de creencias vitalista y regenerador. Además, la identificación de Amaterasu con la pureza y la relevancia elemental de la luz, en contraposición a los defectos del primitivo Susanoo, habla claro de una jerarquización de las deidades por Yasumaro en función de si, en sus orígenes, fueron adoradas por los vencedores de Yamato (Amaterasu) o los derrotados de Izumo (Susanoo).

Amaterasu y la cueva

El mundo gobernado por las sombras era una imagen terrible que solo podría solucionarse si Amaterasu salía de su refugio. El resto de dioses se congregaron en las inmediaciones de la boca de piedra sellada, y entonces Ama no Uzume empezó a bailar dejando entrever mediante sus delicados movimientos parte de sus senos y genitales. El estruendo ocasionado por el resto de kami-gami al observar el espectáculo causó interés en Amaterasu, que decidió asomarse para saber qué ocurría en el exterior.

Cuando la diosa del sol preguntó a Uzume qué celebraban, esta le contestó que habían descubierto a otra diosa magnífica y que ya no la necesitaban. Amaterasu lo creyó porque vio su propio reflejo en un espejo sujetado por un par de kami-gami. Tan fascinada como asolada ante aquella nueva situación, la megami del disco solar se descuidó apenas por un segundo, lapso aprovechado por otro kami agazapado que la agarró del brazo sacándola de la oquedad.

Amaterasu

Susanoo y Orochi

En su destierro a Izumo, Susanoo se encontró con una pareja de ancianos sumidos en la tristeza. El motivo de sus tormentos no era otro que Orochi, una serpiente colosal de ocho cabezas que desde hacía siete años acudía para devorar a una de las hijas del matrimonio. Susanoo reparó en una joven bellísima situada a pocos metros del encuentro. Rápidamente dedujo que ella era la última hija y que pronto Orochi acudiría a cobrar su tributo. Susanoo prometió derrotar a la serpiente primordial a cambio de obtener la mano de aquella mujer tan aparente.

El dios guerrero construyó una estructura de madera dispuesta a partir de ocho huecos donde colocó barriles de sake. A su paso por la región el monstruo olió el alcohol y lo bebió hasta embriagarse, circunstancia aprovechada por Susanoo para decapitar cada una de sus cabezas. Del interior de Orochi surgió Kusanagi, una espada mítica vital para la mitología japonesa posterior y que fue obsequiada a Amaterasu en gesto de disculpa por los agravios pasados.

susanoo-orochi

Ninigi y los tres tesoros

Ninigi fue el nieto de Amaterasu y el abuelo de Jinmu, el primer emperador. Bajó a nuestro mundo con la misión de plantar la tierra de arroz, asentar la paz entre los diversos clanes y concederle a la familia imperial los llamados tres tesoros: la espada Kusanagi, el espejo Yata no Kagami y la joya Yasakani no Magatama.

El personaje es relevante no solo por justificar la divinidad de la casa imperial, sino porque además ocasionó, sin desearlo, la mortalidad de los emperadores pese a su naturaleza divina. La cuestión es que Ninigi cayó enamorado de la princesa Konohama-Sakuya, pero se negó a desposarse además con su hermana mayor, a lo que parece, demasiado vieja y fea. Por su falta de delicadeza, el padre de ambas maldijo a los emperadores despojándoles de su inmortalidad y condenándoles a vivir como hombres comunes a su paso por la tierra.

Yamato Takeru y Kusanagi

Príncipe imperial del s. IV de muy difícil carácter. Sus similitudes con Susanoo lo llevaron incluso a matar un hermano, hecho que lo condenó bajo edicto imperial a sofocar en persona las revueltas de Kyushu y el oeste de Honshu.

A uno de sus enemigos más acérrimos lo asesinó travistiéndose de sirvienta, como ya hiciera Hércules en la mitología grecolatina, pero el exilio de Takeru siguió estando colmado de calamidades. En cierta cacería sus enemigos aprovecharon para tenderle una trampa disparando flechas flamígeras que lo atraparon en un círculo de fuego. Takeru reaccionó blandiendo de un lado a otro a Kusanagi, originando torbellinos y tempestades que lo librarían de las llamas.

No puedo evitar aludir a los múltiples paralelismos existentes entre este personaje y el Arturo del medievo europeo. Al fin y al cabo, hablamos de espadas mágicas, Kusanagi y Excalibur, como justificadoras de la legitimidad real de su portador, y que a su vez fueron cedidas por dos mujeres místicas: la Sacerdotisa de Ise y la Dama del Lago respectivamente.

La emperatriz Jingu

Esta emperatriz emitió un oráculo transmitiendo que en el oeste existían tierras interesantes para la conquista. El emperador Tarashi Naka Tsushiko no creyó aquellas palabras por lo que dejó de tocar el koto, liturgia esencial si se deseaba rendir respeto al ente que se manifestaba. El primer ministro presente en la ceremonia rogó al emperador que siguiera tocando, y este lo hizo a desgana hasta que, poco a poco, la música se fue haciendo más lenta y cesó.

El espíritu había fulminado al Mikado por su falta de fe, además de confesarle al ministro que la ahora consorte Jingu estaba encinta pero apta para tomar corea. Así se construyeron cientos de barcos que serían llevados en volandas por multitud de criaturas marinas al reino de Silla, cuyo rey, amenazado ante las imponentes embarcaciones, decidió supeditarse a los intereses japoneses.

jingu

A diferencia de como ocurre con otros capítulos, aquí sí deberíamos conceder mayor verosimilitud histórica. El mito quizá explique algunas incursiones niponas con más o menos éxito que, en cualquier caso, parecieron derivar en una relación tributaria de Paekche y Silla hacia los japoneses durante al menos dos siglos.

Por lo demás, las crónicas chinas se referían a esta emperatriz semimítica como Himiko, afirmándose de ella que era una bruja de tanto poder que mantenía hechizado a su propio pueblo.

Emperador Nintoku

Nintoku escudriñó sus dominios desde una altísima colina y vio que no había ninguna columna de humo, por lo cual dedujo que las casas ni siquiera disponían de fuegos para calentarse. Sin más, el mandatario decidió eximir de impuestos a su pueblo durante tanto tiempo que su palacio llegó a estar casi en ruinas.

Pasados los años, el emperador volvió a divisar su país desde la misma montaña, regocijándose porque el horizonte estaba lleno de columnas de humo. Nintoku reaccionó restableciendo el diezmo en aras de invertirlo tanto en la reforma de su palacio como en innumerables infraestructuras de común disfrute para todos los japoneses.

La idealización de este emperador está influenciada por el entonces recién asumido mensaje confucionista, muy vivo y apreciable durante la redacción del Kojiki, e interesado en imaginar gobernantes sabios y de corte altruista.

Conclusiones

Las pequeñas historias anteriores son algunas de las más importantes del Kojiki, pero a lo largo de sus más de 280 páginas podemos encontrar muchas más. De una forma u otra no hemos de caer en el engaño; su estilo narrativo es arcaico y áspero para quien busque solamente ocio, llegando incluso a explotar códigos que, vistos desde nuestra perspectiva, podrían resultar casi ingenuos. Nuestro libro sobrepasa los trece siglos de antigüedad por lo que, más allá de una traducción precisa, adaptada e inmejorable, este detalle seguramente indisponga a un gran sector del público en base a la propia naturaleza del original.

Ahora bien, cualquiera que ansíe aprender sobre la nación japonesa en sus más diversas facetas dispone aquí de una lectura obligatoria. A nivel religioso, antropológico, mitológico, literario o incluso poético existen multitud de poesías que preludian al waka en la obra— el Kojiki es un compendio único y sin precedentes. Asimismo, es esencial dar por sentado que ninguno de los datos aparecidos en el texto pueden ser tomados como verdaderos, ni tan siquiera aquellos que atañen a personalidades presuntamente colocadas en un contexto semi-histórico. Las incursiones de Jingu en Corea o las conquistas de Takeru en el oeste seguramente hablen de sucesos reales, aunque potenciados a través de mitos extraordinarios con el fin de cincelar una historia gloriosa, protagonizada por los heroicos antepasados de gobernantes también gloriosos, y por ende, absolutamente incuestionables.

Por tanto, el principal valor del Kojiki reside en el inmenso registro de subtextos susceptibles a ser desentrañados por quienes tengan la capacidad de hacerlo, mas nunca en la lectura pasiva y literal de los eventos que en él se cronican, al punto entelequias menos elaboradas y fascinantes que otras presentes en libros mucho más antiguos y hermenéuticamente complejos.

NOTA

Calidad
100%
Dinamismo
90%
Edición
100%
Accesibilidad
75%
Relevancia
100%

El Kojiki

Uno de los cinco libros más importantes de la historia japonesa.
Bio del autor

Antonio Míguez

Antonio Míguez Santa Cruz, profesor colaborador honorario de la Universidad de Córdoba y miembro del Grupo de investigación de Frontera Global de la Universidad de Alcalá. Sus líneas de investigación giran en torno al contacto entre ibéricos y japoneses durante los siglos XVI y XVII, así como sobre el Cine fantástico japonés. Ha sido autor de varios artículos de revistas científicas y episodios de libro, además de organizar congresos y seminarios de temática japonesa.

  • Marcos Sala Ivars

    Totalmente de acuerdo. Me gustó mucho, aunque si a Kojiki le doy 9,3 a Nihon Shoki le daría un 9,9 porque como historiador, me gusta mas el Nihongi.

    • Antonio Míguez Santa Cruz

      Me alegra que estemos de acuerdo, Marcos. Y sí, en un sentido historiográfico es mucho más verosímil el Nihon Shoki desde luego. xD para los notas me pongo de listón el 100 que le daría al Genji llegado el caso. Así más o menos me oriento.