Apuntes del TIFF’16: dos visiones del humor actual

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El cine independiente tiene una cierta fijación por temáticas pretendidamente profundas, situaciones dramáticas y tonos graves. Y sin embargo, en una edición en que la sección Japanese Cinema Splash ha presentado una calidad media superior a la de ediciones anteriores, la mayoría de las propuestas presentadas se han distinguido por una inteligente exploración de lo humorístico. Entre ellas Poolsideman y At the Terrace, las dos mejores películas a competición, presentan propuestas muy diferenciadas en cuanto a su comicidad. Las dos mejores, claro, según mi criterio. Pero al parecer un criterio no demasiado alejado al del jurado, que otorgaron a Poolsideman el galardón de este año. Así pues, comencemos comentando esta cinta.

 

Poolsideman

La voz autorizada de Kitano Takeshi defiende, a poco que tanga ocasión, que el humor y la violencia son dos manifestaciones inseparables, que forzosamente van de la mano. La figura de Kitano es, justamente, una de las que utiliza Jordi Costa para argumentar su concepto del post-humor. Dicha formulación describe el humor contemporáneo en términos de agotamiento y superación de la comicidad que busca la carcajada. El objetivo del cómico actual no pasa por la risa, sino por una suerte de agresión intelectual al espectador. Se atacan sus expectativas y se indaga en los límites de su paciencia, de su aguante ante la incomodidad.

La violencia ha dejado de ser el desencadenante o la consecuencia de las situaciones cómicas. Desde que la tarta no se aplasta contra la cara del personaje sino que se lanza contra la del espectador, la violencia ha pasado de ser el objeto de representación a ser el método, el mecanismo mismo de la comicidad.

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Los hermanos Watanabe, recogiendo su merecido premio a Poolsideman como mejor película de la sección Japanese Cinema Splash

Lo que nos propone Watanabe Hirobumi en su nuevo film no presenta demasiada resistencia al encaje en esta descripción. Poolsideman es puro Watanabe, tanto que parece iniciarse sin solución de continuidad con su anterior 7 Days. La primera secuencia se diría que retoma la acción en el mismo punto en que se interrumpía en el film anterior. No sólo el pulcro blanco y negro diseñado por Bang Woohyun, responsable de la fotografía, se mantiene inalterado. También el seguimiento desde atrás al protagonista de la acción –eso que algunos llaman la toma Elephant por el impacto de su uso en el film homónimo de Gus Van Sant (2003)– domina nuestro primer encuentro con el personaje principal de este nuevo acto.

La anodina vida de un trabajador se nos muestra en toda su inanidad con estos largos planos de seguimiento, alternados con los no menos habituales encuadres estáticos, geométricos, de una premeditada vulgaridad, con que Watanabe salpica su obra. Una obra que se hace presente también en un recurso reiterado –la iteración como otro de los marcados elementos de estilo– en la que el protagonista espera, en una ridícula ceremonia, el acceso a la abandonada sala de butacas de un destartalado cine local.

Tras unos minutos de tanteo inicial, se nos revela por fin el rostro del protagonista y su gesto. O más bien la ausencia del mismo. El hierático y silencioso operario de la piscina municipal, se nos muestra pasando sus días en un devenir prácticamente mecánico. Rehúye el contacto con cualquier persona y sólo parece capaz de comunicarse a través de una nunca mostrada red social, en los momentos de ocio nocturno que parecen animar su existencia, con la pantalla de su ordenador como toda iluminación de su lúgubre dormitorio.

Y cuando nos podíamos esperar lo peor –gran película 7 Days, pero repetir la fórmula punto por punto podría resultar en un tropiezo mayor para la incipiente carrera de un talento prometedor–, irrumpe en escena el propio Watanabe. Si en su trabajo previo había asumido él esa misma actitud, sobria y taciturna, en el papel que se atribuyó en su film anterior, en esta ocasión parece querer desquitarse con una actuación opuesta. La logorrea del personaje que interpreta aquí viene a romper con la rutina y a remedar, aunque con vocación unilateral, famosas escenas cinematográficas de largos diálogos en el interior de un coche en marcha. Del ceño fruncido pasamos a una nueva dimensión de expectativas que agitarán esta segunda parte del film.

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En todo este periplo, la violencia ha estado presente en la banda de sonido, invisible pero latente. En lo que se nos aparecerá como el clímax final del film –aunque la continuación del metraje se encargará de desmentirlo– lo violento irrumpe en la pantalla en un sugerente montaje que parece venir ribeteado con ecos de Eisenstein o de Buñuel. Sólo un espejismo, un ex cursus visual que da paso a un epílogo, trufado de nuevas muestras de continuidad narrativa con los anteriores trabajos del director, que de nuevo concluye sin cerrarse del todo. Como en toda gran narración cinematográfica, el film sugiere más de lo que explica.

En la magistral toma estática con la que el film abandona a su público –y es que la narración parece desvanecerse, más que acabarse–, lo deja con un nudo en la garganta. Con unos simples ajustes del foco, Watanabe expresa aquí más que las filmografías completas de cientos de autores.

 

At the Terrace

En la pasada edición del TIFF ya nos hicimos eco de la buena impresión causada por Yamauchi Kenji con su Her Father My Lover. Una sorprendente película, con un humor muy particular, que nos hacía abrigar buenas expectativas con su regreso al certamen. Y no defraudó, porqué su nueva propuesta volvió a sorprender.

Yamauchi cuenta con una exitosa experiencia como dramaturgo y director escénico. Precisamente, el argumento que nos presenta en esta ocasión lo paseó primero sobre los escenarios. Se trata de un vodevil de manual: una pléyade de personajes que entran y salen provocando enredos y equívocos. Sus cuitas particulares se van entrelazando en un enredo creciente sobre el escenario.

Y decimos bien: el escenario. El vocablo está traído aquí ex profeso. Todo se desarrolla en la terracita que da al jardín de una casa de alto copete. Se acaba de dar por terminada una fiesta y los dueños de la residencia se reúnen allí con los últimos invitados que quedan. La composición de la terraza es inequívoca: un espacio rectangular, elevado sobre el jardín, con la casa como telón de fondo.

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En un principio, la función se salva por la diversión que proporciona. Por las delirantes situaciones que se sucede. Por el fascinante duelo interpretativo de un reparto sobresaliente, pero especialmente inspirado en la batalla dialéctica que establecen los dos personajes femeninos. Por la inteligente ironía para dibujar sonrisas y el preciso uso del ritmo para desatar carcajadas.

Sin embargo, esta dependencia del planteamiento teatral ensombrece un tanto el ánimo del crítico. La apuesta por las tomas frontales a media distancia, que reproducen la experiencia espectatorial del teatro, empiezan a parecer un lastre. Es otra cosa, es cine, lo que exige la pantalla.

Las dudas se desvanecerán al poco. Mientras que el relato no baja el pistón del interés y la sorpresa, las técnicas cinematográficas van apareciendo. Con la persistente estética teatral, el director nos ha ido preparando para que las técnicas del montaje y del juego con los diferentes tamaños y ángulos de plano, cuando al cabo aparecen, se manifiesten de forma más contundente y significativa. Yamauchi logra hacer de un primer plano un gag en sí mismo. El final soñado para una comedia: todo el patio de butacas estallando en risas ante la última imagen.

Ya que aún deja algunas últimas bromas para los impostados créditos finales, disfrutamos hasta el último segundo de la proyección. Una vez se encienden las luces de sala, vemos las sonrisas entre los espectadores y entendemos que esta concepción más clásica del humor no ha perdido vigencia. Lo único que le da validez al humor es que esté realizado con inteligencia.

 


Fuentes:

• Texto creado por Jose Montaño [CoolJapan.es]

• Imágenes de: ©FOOLISH PIGGIES FILMS | Tokyo International Film Festival | ©2016 GEEK PICTURES

Bio del autor

Jose Montaño

Licenciado en Geografía por la Universitat Autònoma de Barcelona y en Humanidades por la misma institución. Master en Cultura y literatura de Asia Oriental por la Universitat Oberta de Catalunya y en Cine y audiovisual contemporáneo por la Universitat Pompeu Fabra. Actualmente desarrolla su investigación sobre la reescritura crítica del cine japonés contemporáneo, en el marco del programa de doctorado en Humanidades de la UPF. Su proyecto investigador fue seleccionado por Japan Foundation para el Japanese Studies Fellowship Program, en virtud del cual realizó una estancia como investigador invitado en la Universidad de Waseda (Tokyo). Cuenta con diversas publicaciones académicas y mantiene el blog https://eigavision.wordpress.com/